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El arte de convertir las cargas en flores

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Andrea Jiménez Jiménez

andrea.jimenez@qhubo.com

Debe ser que a Selene se le derramó más luz en las montañas de Antioquia, si es verdad eso de que las flores que crecen de madrugada “son un colorido trabajo de la Luna”. Selene es una de esas diosas increíbles sacadas de la mitología griega. Hija de titanes, recorría el cielo en un carruaje plateado tirado por 2 caballos. Tenía muchos amores, como Endimión, que fue despertado por el roce de los labios de la diosa de la Luna. Ella, brillante toda, le regaló a su amante el don de la eterna juventud, de dormir para siempre en una caverna y solo ser despertado, cada noche, por uno de sus besos.

La historia la revive Óscar Atehortúa en una noche de lunes, el día de la Luna, el día de Selene. Un lunes para aplaudir, con calle de honor en el Gran Salón de Plaza Mayor, a los 510 silleteros que mañana —lunes, el día de la Luna, segundo eclipse lunar del año— saldrán, flores a espaldas, para que sean 6 las décadas de una tradición que celebra el empuje paisa de la manera más literal posible.

Óscar Atehortúa es el presidente de la Asociación de Silleteros y se sube al escenario el lunes para dar un discurso en nombre de los campesinos bajados desde Santa Elena y para recibir un homenaje. “Seguramente las silletas son un trabajo colorido de la luna”, dice emocionado, y me emociona a mí, costeña, ajena a todo, cuando me imagino ese arcoíris con visos de plata.

Pero, ¿por qué Selene para explicar esos campos coloridos en las altas y verdísimas montañas del Valle de Aburrá? Óscar va preparado. “Mijo, todos estos montañeros que están aquí son selenos”, escuchó decir una vez, entendiendo que esa comunión de campesinos criados con aguardiente y azadón son guardianes de sol y luna, caminantes de las noches heladas de Santa Elena que esparcen semillas para luego cuidarlas durante meses en una larga liturgia de la paciencia, esa cualidad pegada al alma del paisa, difícilmente separable de él, como si el mundo no fuera posible sin esa cuota de tenacidad que los hace conseguir levantarse a las 3:00 de la madrugada, con la intensidad del frío y las estrellas detrás, echarse un tinto y una ruana encima para trabajar la tierra como un condenado. Como si fuera el único camino a la salvación. Con fervor dogmático y ardor en el alma, porque en esta tierra de silleteros se forjan pasiones como las de Selene: incontenibles.

“Conozco el dolor y la carga pesada. La perseverancia” —continúa Óscar—. Conocen lo que es abrirse trecho por terrenos intransitables para animales y vehículos: lo que es ser un hombre incansable, pero no invencible, que hoy ha echado flores donde antes solo cabían sus pies.

“La ciudad tendrá el color de nuestras silletas”, promete el líder de esos 510 embajadores de la tradición de la Medellín rural, campesina; los auténticos símbolos de esta ‘Eterna Primavera’ que “todos los pesos que carga a cuestas los llena de flores”, como bien dijo el alcalde en ese lunes de fiesta de esos selenos que recogen, cada año, el colorido trabajo de la Luna.

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“Esta es una ciudad que todos los pesos que carga a cuestas los llena de flores”.

Podría comparar la Feria de las Flores con el Carnaval de Barranquilla y decir que en el primero no encuentro la algarabía ni el regocijo del segundo. Nací con el mar detrás, no supe de montañas, sino hasta ahora, así que lo mío es el calor, la alegría bulliciosa, el baile arrebatao. Mi Carnaval, el que me hace latir el corazón y mover los pies cuando me lo mencionan, celebra eso: mi espíritu. El de todos los barranquilleros, curramberos, que vivimos como si la vida se nos fuera a acabar mañana. Que festejamos el mínimo instante y hasta lo que no tenemos (“¡celébralo, !”, me gritarían todos los cachacos que me conocen y me rodean por la estrella fugaz de mi Junior del alma).

No diré jamás que el uno no está a la altura del otro, ni tomaré una regla invisible para medir cuál me disfruto más: absolutamente nada, ni Río de Janeiro y su sambódromo me hará sentir lo que Barranquilla y su Carnaval, la fiesta más linda del planeta para mí. Se trata de entender, de comprender que llámese fiesta, festival, feria, carnaval, absolutamente cualquier celebración se mueve al ritmo de algo indiscutible: el espíritu de quienes lo gozan. En Barranquilla se puede tomar cualquier día, pero llevarse una cerveza michelada a los labios durante el Carnaval le dará un sabor diferente. Como las flores de Medellín se ven aún más lindas durante la feria. Como el alma paisa disfruta con 10 días de tablados, fiesta y hasta exposiciones que permiten ser dueña de una tenacidad envidiable para crear los caminos necesarios, deseados, hasta la vida que se quiere. Y llenar con flores las cargas.

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Antes de llegar a su casa, en lo alto de Santa Elena, conocí a Octavio Zapata a través de una pantalla. Fue ese lunes de hace una semana, cuando apareció en el video institucional como uno de los silleteros pioneros homenajeados. “Yo soy un silletero feliz. Si pudiera vivir 30 años más, 30 años más sería silletero”. Esa convicción me hizo subir al corregimiento, perderme hasta que más no pude, dar vueltas por 2 horas hasta llegar a esa finca feliz —como él— en la que duermen clavelinas, cartuchos, agapantos y margaritas.

Está sentado en una silla de madera con el instrumento que mejor ha aprendido a usar a lo largo de sus 80 años: sus manos. Podrá lavarlas todas las veces que quiera y seguirán en ellas el rastro de la tierra, lo áspero del trabajo del campo, que se ha ido a vivir entre sus uñas. Con esas manos rústicas separa los ramilletes que bajará a vender en la plaza el sábado siguiente de las astromelias rojas que posará sobre su silleta de 20 x 40 centímetros. La medida exacta para los pioneros como él, a los que la organización ya no deja cargar los monumentales arreglos florales de su juventud.

Pero en ese devenir de cambios que ha visto a lo largo de 54 años, 2 cosas nunca se han alterado en la realidad de Octavio: la silleta tradicional —“tenía las misma flores que hay hoy: claveles, estrellas, astromelias, gladiolos”— y el premio que nunca llegó. “No he llegado a ganar ninguno, eso es lo que más me frustra”. Pero se ríe al decirlo, como si no importara mucho en verdad. “Tengo 54 años de desfilar y es primera vez que vienen aquí a la casa”. Eso sí que le importa. Porque esa falta de medios de comunicación tocando la puerta de su finca implica otras ausencias. “No hemos ganado, eso es una rosca. La rosca es que está uno metido en Teleantioquia o en Telemedellín, como los Londoño. Le suben las silletas y se los dan. No hay más que ver, eso es pura rosca… pero lo malo es no estar en la rosca. Eso es bueno, y yo estoy de acuerdo, ¡que gane todo el que pueda!”.

Que se levanta a las 6:00 de la mañana cuando no tiene jornada en la plaza, y que a las 2:00 de la tarde se da un duchazo para luego sentarse a ver la película que elija su esposa, Blanca. Y ahí se pone de pie porque ya no aguanta más tiempo echado en esa silla. A la tercera vez de invitarme a la huerta no puedo negarme. Lo acompaño a bajar por ese empinado jardín, y Octavio, de 80 años, se mueve con la destreza que deberían darme mis 25 y unas botas de plástico. Yo, a duras penas, logré mantener el equilibrio en unos tenis que acabaron llenos de polvo. “Aquí yo siembro, abro la tierra con el azadón. ¿Quiere ver el azadón?”. Y va a buscarlo. Señala la inmensidad de esa finca fértil y le pregunto por los límites de sus tierras. “¿Cómo que hasta dónde llega?”, me devuelve el interrogante con cara de quién no entiende. Allá, entendí, no hay líneas visibles que dividan un terreno. Se respetan y ya. Y así se heredan.

Y entendiendo mi despiste, me pide que arranque una astromelia. “Se ve que usted solo ha jalado ñame, ¿verdad?”, me dice, porque mi acento y mi asombro dejan claro que nunca había estado en una huerta así. Me explica, las arranco, y de paso un cartucho, que se me antoja más complicado de tirar. Lo logro, me hace feliz, y cuando creo que eso será lo más emocionante de mi subida a Santa Elena, ahí en la misma vereda Barro Blanco, en el mismo sector El Rosario, entro a los predios de la finca El Pensamiento y no puedo sino sentirme como Alicia en su País de las Maravillas.

“Seguramente las silletas son un trabajo colorido de la Luna, y mañana la ciudad tendrá el color de nuestras silletas”.

“¿Quería flores? Ahí las tiene…”, me grita Robin, el reportero gráfico que me acompaña en esta travesía silletera. Tiene que gritar porque mientras él está en lo alto de la finca, apenas, yo ya estoy en medio de ese arcoíris que no nace del cielo, sino del suelo, mientras brotan los girasoles, las hortensias, las dalias, los pensamientos, las margaritas…

No encuentro el mejor rincón para tomarme una foto, porque seguro son todos en esa inmensidad colorida que cuida con celo José Ángel Zapata, “silletero desde el vientre”, dueño de este paraíso heredado de su madre, Eloísa Amariles.

Diseña este laberinto floral con un año de anticipación. Hace una colonización de especies luego de trazar las líneas en la tierra que delinearán el diseño a gran escala. Para sembrar primero las más demoradas en crecer, casi 8 meses antes de la feria. Todo, con una perfección asombrosa. La misma que le hace recordar que donde hoy crecen margaritas el año pasado nacían rosas amarillas. Tiene 60 variedades de flores en su jardín, y 40 especies exóticas derramadas sobre la fachada de su casa, que es más bien un museo silletero: álbumes, recortes de prensa y ‘souvenirs’ de esta tradición viven entre la mesa del comedor y el mecedor de la sala.

José Ángel es otro silletero feliz. Puede vivir de las flores y lo agradece. Puede vivir de la belleza, como muy pocos. Puede vivir de la Luna, que cada noche hace el trabajo que sus manos no alcanzan para hacer surgir esta primavera eterna que hace posible que los pesos que se cargan a cuestas sean más ligeros, convertidos en flores.

 

 

 

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