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Bonsáis: 20 años luciendo sus formas

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Imposible no verlo. Es como un gran guardián, dorado, gordo, grande. Un Buda de fibra de vidrio rodeado por siete bonsáis. Hay un procumbens nana, de 30 años; un pino ciprés, que lleva tres décadas de pie; y un juniperus, con medio siglo de vida. Tres personas esperan para hacerse una foto en La cueva del Buda, el primero de los ocho montajes que se pueden visitar en el centro comercial Sandiego en esta edición, la número 20, de la exposición de bonsáis.

El jardín del loto, se llama. Está el Buda en la cueva, pero también en la montaña y en el lago. Las perlas del dragón, Magia en el viento, Deidades de los elementos y Magia de la montaña son algunos de los nombres de las otras estaciones.

“Hay alrededor de de 250 bonsáis, entre individuales y colectivos”, señala Oswaldo Copeland, de Copeland Bonsáis, organizador de esta exposición, junto con Martha Álvarez y Martha Estrada.

En El Buda del lago hay una azalea florecida. En Magia en el viento hay un pino muy particular, de unos 30 años. En El jardín de loto, ubicado en la plaza principal, hay un ciprés de 150 años, el árbol de mayor que hay en la exposición.

“Es un bonsái hecho por la naturaleza”, explica Copeland. Rescatado se podría decir. “Hay que aclarar que el bonsái no es un árbol pequeño, sino un árbol a escala”, agrega. Por eso hay unos pequeños y otros no tanto.

Ese árbol, de ramas como un pulpo, es uno de los preferidos de Oswaldo. Su forma, de la escuela china (más respetuosa con la forma del árbol que la más expandida escuela japonesa), su edad, su trabajo con él… Es una verdadera obra de arte.

De la China

Puede, si usted tiene más de 35 años, que vea un bonsái y piense en el señor Miyagi, el apacible japonés maestro de karate de Daniel Larusso. Pero no, el arte del bonsái surgió en el Tíbet. Cultivado por los monjes budistas, y se esparció de la mano con ellos por el mundo. “Occidente vino a conocer los bonsáis en 1985, en una exposición en París, pero el estilo japonés”, cuenta Copeland.

Por eso mismo, por ser de la china, es que la exposición tiene esa inspiración tibetana con su Jardín del Loto.

Caminar por estos días por los corredores de Sandiego es, entonces, darse un viaje por el asombroso mundo de los árboles a escala, para admirar las creaciones de Oswaldo, Martha y Martha. “El placer de un bonsái está en hacerlo, en trabajar con él, en verlo crecer año a año. Un bonsái es un camino, no un final”, dice Oswaldo. Pues bien, este año, como lo hace desde hace dos décadas, vuelve a mostrar el camino que ha recorrido… y vale la pena verlo.

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